viernes, 7 de febrero de 2014

Al nacer mi hijo, mi vida se volvió MARAVILLOSAMENTE caótica.
Me conectó con la maravilla de sentir la fuerza del amor incondicional y con el caos de hacer que todos mis esquemas de funcionamiento se diluyeran en pos de atender las necesidades de ese pequeño y sagrado ser.

Solía levantarme en los albores del día, antes de que él naciera, para meditar  entre velas y fragancias;  sumergida en blancos ropajes conectaba con lo más elevado de mí para funcionar el resto del día desde mi centro.

Y he aquí que, tras su llegada,  si bien yo intentaba  continuar mi espiritual rutina, mi hijo reclamaba mis brazos, mis pechos, mi presencia…
Aprendí entonces a encontrarme con mi YO más elevado en circunstancias que antes me hubieran resultado impensables. Y mi necesidad de ir hacia adentro en un espacio conmigo misma me hizo aprovechar momentos tales como en la lavandería de mi lugar de trabajo, vestida con un pijama verde… comprobando que, en circunstancias “no idóneas” conseguía conectar con la profundidad de mi Ser y meditar durante un tiempo.
Supe de este modo que si bien el exterior ayuda a conseguir un estado interior, todo está dentro de mí. Y mi verdadero hogar está en ese lugar en mi interior donde hay silencio y armonía, suceda lo que suceda fuera.

También aprendí a hacer sagrado cada momento. Mis madrugadas entre velas y ropajes blancos dejaron paso a meditar en el cuerpecito sagrado de mi hijo, en su olor, en su energía pura, en el calor de vida que emanaba, en la pureza de su ser, en su risa al despetar y en sus abrazos cargados de ternura.

Así supe que mi presencia total, con la apertura de todos  mis sentidos internos, hacen sagrado cada momento.

Mariví

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